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¡Bendita intransigencia!

Base 4ª Combatir a todos los partidos burgueses y especialmente las doctrinas de los avanzados, si bien haciendo constar que, entre las formas de gobierno republicana y monárquica. El Socialista prefiere siempre la primera

                -Bases de El Socialista

Jaime Vera había disentido profundamente del anterior enunciado. Le recriminaba a Pablo Iglesias que había que combatir a los elementos más conservadores del régimen, y no a los más “progresistas”.  Iglesias defendía que no había diferencia real, y que ambos se sustentaban sobre la explotación de los trabajadores. Que ser más blando con uno que con otro, era convertir al primero en el “menos malo” lo cual, en la práctica, suponía apoyarlo para evitar el triunfo del “más malo”. Con esto, estábamos apoyando una ideología de defendía el régimen que nosotros queríamos derrocar, que defendía la explotación de los trabajadores a manos de los poderosos, de los oligarcas. Así, nunca podríamos propiciar un cambio de sistema.

Años más tarde, el tiempo le dio la razón a Iglesias, y Jaime Vera fue a verle y a reconocer el éxito de su estrategia. Aseguró que, algún día, el Partido Socialista triunfaría gracias a esa “bendita intransigencia”.

Desgraciadamente, los militantes del PSOE no siempre conservaron la bendita intransigencia de su fundador. En 1979, cuando Felipe González propone abandonar el marxismo, esto es, abandonar el sentido máximo que inspira la acción diaria del pensamiento socialista, el partido accede. Es cierto que, en un principio, el partido rechazó las tesis de Felipe, es cierto también que, el segundo congreso que las aprobó, fue convocado mediante una modificación del reglamento, que daba ventaja a los felipistas. Ahora bien, a pesar de todo esto, no habría triunfado el no al marxismo de no ser porque un gran número de personas que habían apostado por el no la primera vez, lo hicieron por el sí la segunda. ¿Habían cambiado de idea en el poco tiempo que transcurrió entre ambos congresos? No. Simplemente, habían decidido renunciar momentáneamente a parte de su ideología para ganar las elecciones. Habían abandonado la intransigencia de Pablo Iglesias, y eso les costó caro. Para empezar, ese abandono momentáneo de parte del ideario, ni fue momentáneo ni fue parcial. Fue la llave que Felipe necesitaba para meter en el partido a todos los “emigrados” de la UCD, y para expulsar o silenciar a las voces izquierdistas del partido. Fue la llave con la que Felipe cambió la estructura del PSOE para convertirlo en un gigantesco templo de culto al líder, a un líder que, al llegar al gobierno, traicionaría por completo todo el ideario socialista, y llevaría a cabo únicamente medidas de derechas. Las mismas que continuaría Zapatero, y las mismas que habría continuado haciendo Rubalcaba si hubiera podido.

La intransigencia política no es pensar que uno siempre tiene la razón, no es defender de manera dogmática unos planteamientos sin someterlos a test racional alguno, no es no aceptar los argumentos de los demás, no es defender algo puramente por orgullo, a sabiendas de que puede ser perjudicial. La intransigencia a la que yo me refiero es permanecer fiel a unas ideas, y a una forma de actuar consecuente con estas. No se puede cambiar nuestra definición ideológica o nuestra forma de entender el mundo únicamente porque en un momento dado los vientos soplen en dirección contraria y, aparentemente, adaptarse a ellos nos pueda beneficiar. Ni si quiera, para ganar unas elecciones, pues, como ya dijo Olof Palme, la democracia se basa en una coincidencia entre la propuesta (programa) y los electores. Se gobierna cuando se coincide con los electores. Si no se coincide con los electores, no se tiene por que gobernar.

Como socialistas, no debemos renunciar a nuestra ideología por que ahora esté de capa caída, o porque un partido esté usando la palabra socialista para defender todo lo contrario que nosotros. De la misma forma que, como militantes de Izquierda Unida, no debemos consentir que se abandone ninguno de los principios elementales que inspiraron este movimiento con tal de convertirse en fuerza hegemónica, ni tampoco entregarnos a los brazos del “menos malo” a cambio de un par de políticas “progresistas”. Ese no es el camino. El camino es la perseverancia, la insistencia y, sobre todo, la pedagogía. Pues, si bien es cierto que no merece la pena alcanzar el poder a costa de renunciar a todo lo que defendemos, a costa de renunciar a aquellos fines por los que precisamente queríamos alcanzarlo, no es menos cierto que, si por intransigencia entendemos no hacer más que mirarnos el ombligo y recrearnos en la pureza de nuestra ideología, no alcanzaremos jamás el poder, y no podremos llevar a cabo nuestros objetivos. Es por ello que digo, que la clave está en la pedagogía. Debemos explicarle hoy a la gente que es lo que defendemos, para poder conquistar el poder en el futuro. Porque, como dijo el Abuelo, Sois socialistas no para amar en silencio vuestras ideas ni para recrearos con su grandeza y con el espíritu de justicia que las anima, sino para llevarlas a todas partes.

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La Socialdemocracia Reaccionaria I: Sobre la izquierda y la derecha.

Lo que escribiré en esta entrada y la siguiente será una justificación, debidamente argumentada, para considerar a la actual socialdemocracia como una ideología política de derechas. Primero comenzaré repasando las diferencias entre izquierdas y derechas, la aparición del liberalismo como ideología de izquierdas y su transformación en una ideología de derechas en el marco de la lucha de clases y la aparición de la nueva izquierda: el socialismo. Después discutiré los orígenes de la socialdemocracia, su alejamiento del socialismo y, finalmente, su inclusión en las ideologías de derechas.

A lo largo de toda la historia los movimientos políticos se han dividido en dos grupos: uno era el de los reformistas y los revolucionarios, llamado Izquierda Política; y otro formado por las ideologías reaccionarias, que se opone al proceso de cambio inspirado por las izquierdas y cuya funcionalidad es preservar el régimen existente y la situación de privilegio de las clases dominantes, esta es la denominada Derecha Política.

A finales del siglo XVIII, existía un movimiento político, el liberalismo, que aglutinaba a revolucionarios y reformistas y que conformaba la Izquierda de la época. El objetivo del liberalismo era suprimir el régimen absolutista para crear un nuevo orden social en el que todos los ciudadanos nacieran libres e iguales en derechos, eliminándose, por tanto, el sistema estamental. Por supuesto, los estamentos superiores (nobleza y clero) lucharon con todas sus fuerzas para evitar que este movimiento que pretendía arrebatarles sus privilegios pudiera triunfar. Tanto los liberales como los absolutistas publicaron numerosos escritos filosóficos para justificar sus respectivas teorías políticas, encontrándose, por ejemplo, a Rousseau entre los liberales y a Hobbes entre los absolutistas.

El origen del liberalismo no hay que buscarlo más que en el propio absolutismo, pues nace como reacción a las condiciones de opresión de éste. Durante el Antiguo Régimen, algunos miembros del Tercer Estado fueron enriqueciéndose gracias al comercio y a la explotación  de los escalafones inferiores de su propio estamento. Pero el absolutismo no les reconocía el derecho a usar su dinero para obtener poder político, es más, ni si quiera les reconocía la propiedad real de sus ganancias, pues no contemplaba el derecho a la propiedad privada. Estas condiciones de opresión de la nobleza hacia los burgueses que, por otra parte, eran quienes hacían funcionar realmente la economía, quienes poseían las empresas y el dinero, tuvo como consecuencia la aparición de una burguesía revolucionaria que, basada en las tesis del liberalismo, provocó la Revolución Francesa de 1879, que destruyó el absolutismo en Francia y trajo consigo la implantación de una república liberal.

A partir de este momento comienza una lucha mundial entre el absolutismo y el liberalismo, siendo el segundo el que, finalmente, gana la contienda.

Una vez que la burguesía liberal se ha hecho con el poder, comienza el proceso de destrucción de los elementos que sostenían los antiguos reinos absolutistas y su sustitución por los nuevos elementos que sostienen el Estado liberal. Entre otras cosas, liquidaron el sistema económico del Antiguo Régimen para imponer un nuevo sistema que les beneficiaba mucho más: El Capitalismo. El capitalismo nace de la obra de Adam Smith La Riqueza de las Naciones, su aplicación supuso la división de la sociedad en nuevas categorías: las clases sociales. La pertenencia a los estamentos del Antiguo Régimen se asignaba desde el momento del nacimiento, y era irrevocable. Así, un hijo de nobles sería noble, y un hijo de miembros del tercer estado sería miembro del tercer estado. En cambio, la pertenencia a las clases sociales se debe exclusivamente al dinero y a la relación con los medios de producción. Así, una persona que posea los medios de producción pero no los trabaje será un burgués, mientras que una persona que trabaje los medios de producción pero no los posea será un proletario. Por supuesto, existen también otras clases sociales cuya relación con los medios de producción es indirecta, y cuya situación social es intermedia entre la burguesía y el proletariado. Estas son las llamadas clases medias, y están formadas por juristas, médicos, profesores…

La relación opuesta que mantienen burgueses y proletarios con los medios de producción llevan a que sus intereses económicos sean también opuestos. Los burgueses obtienen sus beneficios a través de las plusvalías, esto es, vendiendo los productos y servicios generados por los proletarios y remitiéndoles a éstos una pequeña parte del dinero que se obtiene vendiendo su trabajo en el mercado, quedándose el burgués con el resto (la plusvalía). Así, el enriquecimiento de la burguesía se basa únicamente en el empobrecimiento y la explotación de los proletarios. A causa de esto, el propio sistema capitalista está condenado a la extinción, ya que las condiciones de opresión de los burgueses sobre los proletarios conducen inequívocamente a la aparición de un proletariado revolucionario que expulse al a burguesía del poder como ésta hizo con la aristocracia, y que cambie el sistema económico que les oprime (el capitalismo) por un sistema económico en el que no haya plusvalías, sino que cada cual sea dueño del fruto de su trabajo, despareciendo por tanto las clases sociales y quedando ésas unificadas en una única clase de trabajadores. Este sistema recibe el nombre de socialismo.

Durante el siglo XIX hubo muchos autores que escribieron sobre el socialismo, pero la mayoría de ellos eran incapaces de comprender las verdaderas condiciones de explotación del proletariado, el sistema de poder de la burguesía, o la importancia de la lucha de clases como motor de la historia. Esto hace que muchos de estos “socialismos” acaben del lado de la reacción, es decir, en la derecha. Pero surgen también otros dos socialismos: el socialismo crítico-utópico, que da paso al anarquismo; y el socialismo científico habitualmente llamado marxismo. Ambos movimientos coinciden en el antagonismo existente entre la burguesía y el proletariado, y ambos proponen la erradicación del sistema capitalista y la implantación del socialismo, pero difieren en los métodos y en algunos puntos del análisis social. Así mientras el socialismo científico defiende la revolución como única vía por la cual el proletariado podía obtener el poder, el anarquismo opta por la vía pacífica y el uso de la huelga como único instrumento; mientras el socialismo científico opta por la creación de un partido obrero que dirija el proceso revolucionario y, entre tanto, participe en la vida parlamentaria para obtener mejoras en la calidad de vida del proletariado, el anarquismo rechaza la existencia de los partidos políticos y la participación en el sistema político burgués, defendiendo el sindicato como único órgano de agrupación obrera.

A pesar de todas las diferencias entre marxistas y anarquistas, no cabe duda de que ambos constituían la izquierda política. Los burgueses, por su parte, habían dejado de ser una clase revolucionaria y se habían convertido en la clase dominante, pasando a adoptar posturas conservadoras y reaccionarias, pues no iban a permitir que se les arrebatase el poder ni que se derribase el liberalismo (o aquello en lo que los burgueses habían convertido al liberalismo), que era el régimen político-económico-social que les mantenía en el poder. Así, el liberalismo, antaño ideología de izquierdas, pasó a constituir la derecha.

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