Archivo de la etiqueta: liberalismo

El gobierno gobierna, pero no manda.

Cuando el liberalismo español comenzó a gobernar, tuvo que hacer frente al poder absoluto del Rey, para lo cual fue necesario redactar nuevas constituciones que estableciesen el principio de soberanía nacional, ese que los revolucionarios franceses enunciaban como “la soberanía reside en la nación, y no en el Rey”. Pero, por supuesto, aquellos templados liberales españoles no tenían ni intención ni tampoco opción, de suprimir una institución que, por definición, es contraria a los principios del liberalismo real (y ya no digo nada de la democracia): La monarquía. Por eso decidieron crear nuevas formulas de gobierno que le entregasen al Rey un mero papel institucional, mientras que el verdadero poder político residía en las cortes.  Para ello, adoptaron la premisa que, en su momento, gritaban los defensores del monarca francés Luis Felipe de Orleans, es decir, “El Rey reina, pero no gobierna”.  Esa es la frase que se sigue utilizando en la educación primaria (o, al menos, se utilizaba cuando yo era alumno, no hace tantos años) para explicar a los niños como funciona la actual monarquía Española. Por supuesto, esta explicación  suele ir, además, acompañada de una serie de mitificaciones (La Transición, el 23-F, etc.) que tienen una función más cercana al adoctrinamiento que a la educación.

Hasta este punto, puede parecer que este texto va a tratar sobre la monarquía. Si algún lector estaba a punto de sacar su bandera tricolor y cantar el Himno de Riego, siento decepcionarle, pero el tema no es ese. El lema de “El Rey Reina pero no gobierna” ha servido para definir un sistema que ha permanecido de forma más o menso intermitente en la historia de España. No obstante, hoy nos encontramos ante una nueva etapa de la Historia. Y es que ese poder que se arrebató a la monarquía para entregárselo a las instituciones elegidas por el pueblo, ha sido, de nuevo, traspasado a unos nuevos  organismos soberanos: los mercados. Si en España “el Rey reina, pero no gobierna”, no es menos cierto que “El gobierno gobierna, pero no manda”. Y es que las instituciones clásicas de poder, es decir, los gobiernos y los parlamentos, están ya completamente subordinadas al interés de esos llamados mercados, y ya no tienen ni voz ni voto en ninguna cuestión que sea relevante. Han pasado a ocupar el mismo papel testimonial que ocupan las monarquías en los regímenes constitucionales.

Sin ir más lejos, estos días hemos visto como se ha producido el famoso “rescate” a la banca española.  Si uno tira de hemeroteca reciente (basta con echar un vistazo al último mes) podemos ver como el gobierno niega por activa y por pasiva la posibilidad de un rescate. No solo eso, si no que hicieron lo posible por demostrarle al mundo que era innecesario. Si retrocedemos un poco más en el tiempo, hasta llegar a los últimos coletazos del gobierno de Zapatero, podemos ver como el PP agitaba el fantasma del rescate a España. En aquel entonces, un rescate implicaba el fin del bienestar de los españoles (no sé muy bien que bienestar) y era algo que había que evitar a toda costa. Pues bien, hace un par de días, los mercados (a través de esa correa de transmisión de los mandatos de los oligarcas financieros en que se ha convertido la Unión Europea) obligaron a Rajoy a aceptar ese rescate que tanto temía y que tan innecesario consideraba. Eso sí, en rueda de prensa, nuestro presidente hizo gala de una hipocresía que roza el monólogo humorístico, y afirmó que era él el que había presionado para conseguir el rescate. En aquel momento creí ver a Fernando VII afirmando que juraba por convencimiento aquella constitución de 1812, y no como fruto del pronunciamiento militar de Riego. Y es que, aunque el Rey no gobierne, y el Presidente no mande, ninguno de los dos puede parecer un pelele carente de utilidad. Tienen que justificar su sueldo y sus privilegios.

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

La nueva ideología: El Moderantismo

El moderantismo. Es la nueva ideología de moda. Durante los últimos años se ha puesto tan “ a la última” eso de ser “centrista y moderado” que todo el mundo (o mejor dicho, todo el mundo de la derecha), se ha querido apuntar al carro. ¿Moderados de que ideología?.  Esta es la pregunta que cabría hacerse el votante confundido con un mínimo de razonamiento crítico. ¿Liberales moderados?, ¿conservadores moderados?, ¿socialdemócratas moderados?….Eso no importa, lo importante es ser moderado, de lo que sea. Hasta tal punto ha llegado esto que no es difícil encontrar en internet partidos, de esos que se hacen llamar de centro, cuya única definición ideológica es una palabra sacada del siglo XIX: Moderantismo. Ser moderado ya es una ideología en sí misma. ¿Qué se puede esperar de estos partidos que ocultan su ideología tras una palabra que ya carece por completo de significado?. Pues sencillamente que, o no tienen ideología, o no quieren mostrárnosla.

Si la memoria no me falla, en España todo esto empezó cuando el principal líder de la derecha radical, que llegó a ser presidente del gobierno, José María Aznar, comenzó a decir que su partido era “de centro” y “moderado” de una forma obsesiva, hasta tal punto que había veces que no se sabía si querían convencer al electorado o si se querían convencer a sí mismos. Otro ejemplo no muy alejado se encuentra en el Partido de la Libertad de Austria, un partido de extrema derecha fundado por miembros de las SS y del Partido Nazi. A pesar de su ideología, este partido formó parte de la Internacional Liberal, en la que se agrupan todos esos partidos que se hacen llamar de “centro” o “moderados”, como el antiguo CDS de Adolfo Suarez, Unió Mallorquina, o el Partido Liberal Demócrata del Reino Unido, dirigido por el político de moda, Nick Clegg. ¿Cómo es posible que todos estos “moderados” se identificaran internacionalmente con un partido claramente nazi?. Que alguien me explique qué significa eso del moderantismo, porque, a la luz de estos ejemplos, sigo sin entenderlo.

El caso es, que estos partidos sin ideología definida han conseguido convencer a la sociedad de que ser “moderado” es bueno, y que todos aquellos que no se llamen a sí mismos “moderados”, son malos, son radicales, son peligrosos. Y es que parece cada vez más evidente que lo único común entre todos estos partidos es su amor incondicional por el sistema establecido. ¿A caso es todo esto una campaña propagandística para defender el sistema actual con uñas y dientes y criminalizar a todos aquellos que criticamos las condiciones de explotación sobre las que se sostiene? Para contestar a esta pregunta, voy a retroceder en el tiempo, hasta el nacimiento del “moderantismo”. Abrochaos el cinturón de vuestra máquina del tiempo. Allá vamos.

Bien, ahora estamos en el Siglo XIX. En toda Europa hay una ideología, el liberalismo, que se está abriendo paso hacia el poder, aplastando el anterior orden establecido. Son muchos los sectores reaccionarios que se dan cuenta de que el absolutismo ha llegado a su fin y que el liberalismo vencerá, así que deciden cambiar su estrategia de total oposición al liberalismo y fundan partidos que se hacen llamar “liberales moderados”. ¿Qué perseguían estos partidos liberales moderados? Pues básicamente instaurar un liberalismo muy restringido, no aceptan la soberanía nacional, ni el sufragio universal, ni mucho menos se atreven a cuestionar la figura del Rey o de la Iglesia. En definitiva, los moderados tenían como función preservar lo máximo posible del Antiguo Régimen. Pero su estrategia no constaba solo en hacerse llamar “moderados” en lugar de absolutistas o reaccionarios para preservar el régimen, sino en tachar de “radicales” a las demás ideologías.

Los “moderados” del siglo XXI tienen el mismo nombre que los del siglo XIX, tienen también su misma táctica y, es evidente, que comparten también sus mismos objetivos, la defensa del actual sistema, la fiera oposición a avanzar a un mayor nivel de democracia, la negativa total a emprender reformas sociales para ayudar a los más desfavorecidos…En definitiva, el moderantismo significa defender que los de arriba sigan arriba y que los de abajo sigan abajo.

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

La Socialdemocracia Reaccionaria I: Sobre la izquierda y la derecha.

Lo que escribiré en esta entrada y la siguiente será una justificación, debidamente argumentada, para considerar a la actual socialdemocracia como una ideología política de derechas. Primero comenzaré repasando las diferencias entre izquierdas y derechas, la aparición del liberalismo como ideología de izquierdas y su transformación en una ideología de derechas en el marco de la lucha de clases y la aparición de la nueva izquierda: el socialismo. Después discutiré los orígenes de la socialdemocracia, su alejamiento del socialismo y, finalmente, su inclusión en las ideologías de derechas.

A lo largo de toda la historia los movimientos políticos se han dividido en dos grupos: uno era el de los reformistas y los revolucionarios, llamado Izquierda Política; y otro formado por las ideologías reaccionarias, que se opone al proceso de cambio inspirado por las izquierdas y cuya funcionalidad es preservar el régimen existente y la situación de privilegio de las clases dominantes, esta es la denominada Derecha Política.

A finales del siglo XVIII, existía un movimiento político, el liberalismo, que aglutinaba a revolucionarios y reformistas y que conformaba la Izquierda de la época. El objetivo del liberalismo era suprimir el régimen absolutista para crear un nuevo orden social en el que todos los ciudadanos nacieran libres e iguales en derechos, eliminándose, por tanto, el sistema estamental. Por supuesto, los estamentos superiores (nobleza y clero) lucharon con todas sus fuerzas para evitar que este movimiento que pretendía arrebatarles sus privilegios pudiera triunfar. Tanto los liberales como los absolutistas publicaron numerosos escritos filosóficos para justificar sus respectivas teorías políticas, encontrándose, por ejemplo, a Rousseau entre los liberales y a Hobbes entre los absolutistas.

El origen del liberalismo no hay que buscarlo más que en el propio absolutismo, pues nace como reacción a las condiciones de opresión de éste. Durante el Antiguo Régimen, algunos miembros del Tercer Estado fueron enriqueciéndose gracias al comercio y a la explotación  de los escalafones inferiores de su propio estamento. Pero el absolutismo no les reconocía el derecho a usar su dinero para obtener poder político, es más, ni si quiera les reconocía la propiedad real de sus ganancias, pues no contemplaba el derecho a la propiedad privada. Estas condiciones de opresión de la nobleza hacia los burgueses que, por otra parte, eran quienes hacían funcionar realmente la economía, quienes poseían las empresas y el dinero, tuvo como consecuencia la aparición de una burguesía revolucionaria que, basada en las tesis del liberalismo, provocó la Revolución Francesa de 1879, que destruyó el absolutismo en Francia y trajo consigo la implantación de una república liberal.

A partir de este momento comienza una lucha mundial entre el absolutismo y el liberalismo, siendo el segundo el que, finalmente, gana la contienda.

Una vez que la burguesía liberal se ha hecho con el poder, comienza el proceso de destrucción de los elementos que sostenían los antiguos reinos absolutistas y su sustitución por los nuevos elementos que sostienen el Estado liberal. Entre otras cosas, liquidaron el sistema económico del Antiguo Régimen para imponer un nuevo sistema que les beneficiaba mucho más: El Capitalismo. El capitalismo nace de la obra de Adam Smith La Riqueza de las Naciones, su aplicación supuso la división de la sociedad en nuevas categorías: las clases sociales. La pertenencia a los estamentos del Antiguo Régimen se asignaba desde el momento del nacimiento, y era irrevocable. Así, un hijo de nobles sería noble, y un hijo de miembros del tercer estado sería miembro del tercer estado. En cambio, la pertenencia a las clases sociales se debe exclusivamente al dinero y a la relación con los medios de producción. Así, una persona que posea los medios de producción pero no los trabaje será un burgués, mientras que una persona que trabaje los medios de producción pero no los posea será un proletario. Por supuesto, existen también otras clases sociales cuya relación con los medios de producción es indirecta, y cuya situación social es intermedia entre la burguesía y el proletariado. Estas son las llamadas clases medias, y están formadas por juristas, médicos, profesores…

La relación opuesta que mantienen burgueses y proletarios con los medios de producción llevan a que sus intereses económicos sean también opuestos. Los burgueses obtienen sus beneficios a través de las plusvalías, esto es, vendiendo los productos y servicios generados por los proletarios y remitiéndoles a éstos una pequeña parte del dinero que se obtiene vendiendo su trabajo en el mercado, quedándose el burgués con el resto (la plusvalía). Así, el enriquecimiento de la burguesía se basa únicamente en el empobrecimiento y la explotación de los proletarios. A causa de esto, el propio sistema capitalista está condenado a la extinción, ya que las condiciones de opresión de los burgueses sobre los proletarios conducen inequívocamente a la aparición de un proletariado revolucionario que expulse al a burguesía del poder como ésta hizo con la aristocracia, y que cambie el sistema económico que les oprime (el capitalismo) por un sistema económico en el que no haya plusvalías, sino que cada cual sea dueño del fruto de su trabajo, despareciendo por tanto las clases sociales y quedando ésas unificadas en una única clase de trabajadores. Este sistema recibe el nombre de socialismo.

Durante el siglo XIX hubo muchos autores que escribieron sobre el socialismo, pero la mayoría de ellos eran incapaces de comprender las verdaderas condiciones de explotación del proletariado, el sistema de poder de la burguesía, o la importancia de la lucha de clases como motor de la historia. Esto hace que muchos de estos “socialismos” acaben del lado de la reacción, es decir, en la derecha. Pero surgen también otros dos socialismos: el socialismo crítico-utópico, que da paso al anarquismo; y el socialismo científico habitualmente llamado marxismo. Ambos movimientos coinciden en el antagonismo existente entre la burguesía y el proletariado, y ambos proponen la erradicación del sistema capitalista y la implantación del socialismo, pero difieren en los métodos y en algunos puntos del análisis social. Así mientras el socialismo científico defiende la revolución como única vía por la cual el proletariado podía obtener el poder, el anarquismo opta por la vía pacífica y el uso de la huelga como único instrumento; mientras el socialismo científico opta por la creación de un partido obrero que dirija el proceso revolucionario y, entre tanto, participe en la vida parlamentaria para obtener mejoras en la calidad de vida del proletariado, el anarquismo rechaza la existencia de los partidos políticos y la participación en el sistema político burgués, defendiendo el sindicato como único órgano de agrupación obrera.

A pesar de todas las diferencias entre marxistas y anarquistas, no cabe duda de que ambos constituían la izquierda política. Los burgueses, por su parte, habían dejado de ser una clase revolucionaria y se habían convertido en la clase dominante, pasando a adoptar posturas conservadoras y reaccionarias, pues no iban a permitir que se les arrebatase el poder ni que se derribase el liberalismo (o aquello en lo que los burgueses habían convertido al liberalismo), que era el régimen político-económico-social que les mantenía en el poder. Así, el liberalismo, antaño ideología de izquierdas, pasó a constituir la derecha.

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría